En su afán por fortalecer el Islam, los almorávides, guerreros bereberes del desierto, conquistan Fez y fundan Marrakech (1070), la ciudad que terminaría por dar el nombre al reino de Marruecos.
La ciudad es un vergel de amplias avenidas flanqueadas de naranjos, palmeras y jacarandás y es también, lugar de zocos, de sombreadas callejuelas, de té con hierbabuena y de mujeres hermosas venidas del Anti-Atlas para vender sus cestos, niños de alegres carreras y hombres de mirada intensa que pueden ser narradores de historias, músicos, bailarines, escritores públicos, echadores de la buenaventura, vendedores de pociones, curanderos, boticarios o simplemente habitantes de esta maravillosa ciudad.
Frente a los suntuosos palacios, se abren las calles en que cientos de mercaderes de alfombras llevan mil años empleándose a fondo en el arte del regateo, rodeados de telas y lanas expuestas al sol. Un poco más allá, unos cuantos degustan cous-cous, tripa y caracoles en pequeños chiringuitos o se contempla el espectáculo que ofrecen los saltimbanquis.
Esta ciudad del sur del país, erigida a pies del Atlas, conserva sus hermosas murallas de color rojizo salpicadas de hermosas puertas.