Levantada caprichosamente en una estrecha franja de tierra, la ciudad de Río de Janeiro vive un eterno festival de color, música y diversión, celebrado en sus playas, avenidas y exóticos rincones. Sus playas son escenario diario de jugadores de fútbol o balonvolea, de bailadores de cometas, fotógrafos, amantes de la samba y de vendedores de frutas.
El centro de la ciudad vibra con otro ritmo, el de sus grandes avenidas, pobladas de lujosos hoteles y restaurantes, concurridas y dominadas por un tráfico infernal. Pero también cuenta con rincones escondidos, callejuelas silenciosas, donde se levantan fachadas semiderruidas y donde se instalan mercadillos ambulantes.
La capital acapara gran parte del turismo mundial, gracias a su privilegiada ubicación, a orillas del mar y rodeada de colinas. Una de ellas, el Corcovado, alberga el impresionante Cristo Redentor, una estatua de 30 metros de alto que domina desde 1931 la ciudad. Desde este mirador se pueden ver las favelas, chavolas que salpican algunos morros vecinos.
Río de Janeiro está dividido en zona norte y zona sur, por la Serra da Carioca. Las clases medias y altas habitan en la zona sur, mientras que la población menos favorecida lo hace hacia el norte.